Capítulo de cuero.

No cambié al amor de mi vida, ni por otro amor, ni por otra vida, sólo cambié el concepto del amor por otro, por uno nuevo, y ahí sola, haciendo uso y abuso de su libertad, me cambió la vida.

Una historia irrelevantemente hermosa, entró, en una mañana tranquila de aquellas en donde nadie ocupaba los bares, ni las calles, ni las avenidas, y yo me había reposado en una mesa justo cuando ella apareció en la puerta, habrá sido tal su presencia que la calle, la avenida y el bar, de pronto, rebalsaron, se estremecieron, se transformaron ante una mujer de algunos 40 años vestida algo atípica para lo usual. Sus botas de cuero en un periodo de calor, largas hasta las rodillas, sus jeans apretados azules como el mar, su camisa blanca algo abierta que dejaba ver un lunar en su pecho, y su sombrero, su precioso sombrero también de cuero que atraía todas las miradas. A las transformaciones del instante. Me le acerqué, a buscar una revista, me paré justo a su lado mientras decidía ella qué comprar, la miré como si no hubiese percibido antes a su amigo y le dije, que hermoso es, me encanta. Su cara se enrojeció, desplegó su sonrisa, un gracias, y me dijo que aquel sombrero tenía su historia triste. Y las historias tristes son largas y con vueltas, yo no disponía de mucho tiempo así que no la detuve. Fue precisa, fue puntual, determinante.

– éste, es el sombrero que usaba en el hospital, cuando el cáncer apareció por primera vez, y me daba vergüenza no tener pelo.

Entonces se me mezclaron conceptos y entre algunos de ellos inestables entendía por qué no tendría vergüenza alguna de vestir tan bello sombrero, y yo miraba su pelo, y estuve a punto de preguntarle si es que lo había vencido, le llegaba, no menos que hasta la mitad de su espalda y lo revoleaba con gusto.

– esto es una peluca, me encanta pero no es mío.

Agachó la cabeza, enfrió el aire, arrebató mis comentarios y fue congelando los tiempos todos juntos agolpados en ese pequeño tiempo interminable donde nadie sabría qué decir.

No tuve comentarios, se quedó esperando algo que yo nunca podría haber dicho, le agradeció a la cajera, tomó su bolsa, miró al suelo y comenzó a retirarse, justo al pasar a mi lado, yo que me encontraba a unos escasos 3 pasos, se detuvo y tocó mi hombro, me pidió si podría sostenerle la bolsa, acepté sin dudas, llevó sus manos a la cabeza, levantó algo aquel sombrero, levantó también la peluca, y una cabellera de algunos cuantos centímetros se dejó ver por debajo de aquella cobertura.

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A la tarde más triste de mi vida.

Sonó el teléfono, no atendí todavía. Miré a los ojos y le dije rápidamente mientras tocaba el aparato con la mano izquierda.

– No, no es que no crea en el amor, todo lo contrario, estoy perdidamente inmerso en él. Insisto en que es la maquinaria más poderosa que construyó el hombre por sobre la vida, no existe, no te puedo dar ni podés ver amor, no tiene un reflejo de real. No existe ni acá, ni allá, ni en África, América o China, pero tanto en África, como en América o en China el amor habla de un mismo modo sin precisar de idiomas, acá o allá amar se va a sobreentender incluso entre dos limitados por el habla. Y que te mueras de amor, que te encierres en una pieza recostada en el lamento no es más que un desperfecto, es el amor, es la infección de él en nuestros cerebros, el motor de impulso más grande que puede existir. Trasciende razas, géneros, formas y hasta vidas, la vida sucumbe ante los que dejan de pensarla y a la vez se contenta con los que dejan de temer su despedida. Pero no hay nada, somos nosotros creyendo, me acuerdo que una vez te conté todo esto y me dijiste que era entonces el amor como dios, hablando sobre el acá y allá y que yo mencioné la parte en que tampoco éste se refleja en la vida, pero es universal, y es eso. El amor no es como dios, el amor es dios en toda su forma. Y no pierdo acá mi caracter agnostico ni voy a recaer en religiones. De todas formas, dioses y amores se recuestan en la inexistencia para ser un motor demencial, una trascendencia, una ventaja sobre la injusticia del vivir que siembra lo imparable desde adentro; cómo manejaríamos esas fuerzas entendiendo y aceptando que en realidad no hay más nada que nosotros.

Atendí disimulando un agite, un supuesto haber corrido hasta aquel dispositivo con ansias de saber qué me esperaba. Y en aquella voz entubada, en aquella tenue lucecita, irrumpí cualquier relato imaginable.

Hoy, en la tarde más triste de mi vida, Sofía había muerto.

Filosofía del prometer.

Promete, todo el tiempo un viaje que cruce el continente llegando hasta el fondo de todos y cada uno de los mejores paisajes de este mundo, y te tienta, con vocablos maravillosos y cientos de páginas que al final del día decantan en un sinsentido abismal. Si fuese tan valiente, cada palabra que menciona, no habría más guerra, no habría milicia capaz de abolir tal estructura, tal táctica, tal maravilla. En cambio, no deja de recaer constantemente en palabreríos, en promesas inútiles, en bordes de acantilados que le da miedo saltar. Y por una parte es entendible que no quiera saltar una persona cuerda de un acantilado, pero entonces, amiga mía, no prometas valentías que se te van completamente de las manos.

¿Y no habrá en su imposible, en su fantasía, todo aquello que no otorga este mundo a lo mortal? No será todo una proyección de lo que ella en verdad daría si le fuese posible, si no fuese presa de una bestia descomunal que anda custodiándola por todas partes y por ninguna a la vez. Cómo domar a la vida, cómo soltar las cadenas, cómo ser los trenes y los paisajes sin llegar a destiempos. Cómo no tentarme a prometer, que algún día, de todo esto podré obtener algo que en verdad me acaricie un poco. Porque serte sincera, no sería entonces más, que exponerme al desnudo de mis pieles resecas, de mis nadas sencillas, de mis lágrimas dulces que ni siquiera cumplen con el deber. Porque serte sincera, podría aburrirme tanto entre mediocridades de días grises, y ver pasar gentes por centros o mercados agolpadas en cosas que le prometen todo lo mismo que yo encuentro en la promesa. Prometerte, me es también consumo, me es también sistema, me es también encuentro con la mentira en un encanto conformista. Pero mi consumo es tan diferentemente nocivo. ¿Cómo poder amarme, si yo te mostrase mi cara oscura, y no te encandilara con todos aquellos surcos que expongo al sol para iluminar las noches, para guiar a los barcos, para curar a los perdidos? ¿Y si en vez de desencantarte nos vamos un poco? Y corremos por las vías brumosas recorriendo pasajes extraordinarios, y si nos vamos más allá en la promesa mientras cerramos los ojos, y si dejamos de buscar la crónica a cada día y plasmamos en la literatura fantástica las pruebas de haber acariciado mitologías espléndidas, y si conocemos dragones, y si le tememos a las quimeras. ¿No hay en mi negligencia, lo que todo este mundo condecora en amores? Y ahí, en el medio, sólo en ese medio dejo que te enamores.

Una amnesia de otro fin de año.

 Innegablemente, llegamos a un punto en el cual nos es indiferente el desde dónde veamos a la luna, tanto vos, como yo también, sabremos con certezas que en una de sus caras habrá y seguirá habiendo una huella profunda (tanto como irrefutable) de alguna pisada en el tiempo. Y es hoy, de esta forma y con las huellas incuestionables allá arriba, que se nos muestra innecesario un nuevo viaje, y vivimos conforme a esto sin cuestión alguna. Tenemos pruebas de lo que fuimos única y exclusivamente para que no nos sea necesario el ser nuevamente, el volver a ser en estas vidas.

 Es condición natural del fuego extinguirse si no es alimentado constantemente, y la magia se nos contagió de aquello viendo cuánto supimos arder; polvo luna, polvo ceniza, polvo por todas partes.

 y cuando me muero cerca de fin de año comienzo a sentir el frío, y no importan así los sofocones del verano ni los sudores constantes, tengo un frío gramatical de haberte tenido y ahora tener que conjugar en pasado.

¿Lloverá en la luna?

¿Se inundarán los cráteres, 

y gotearán las grutas, 

se empaparán los caminos de tierras blancas?

¿Cuánto durarán las huellas una vez que les llore el cielo encima?

¿Y no será un dios culpable de apagar todos los focos de nuestro incendio?

Un año atrás, una amnesia de fin de año me dijo susurrando, que sin habernos probado que alguna vez existimos, existíamos, como si no hubiese fotos de aquella llegada a la luna, de aquellas huellas de la historia, entonces no podríamos convencer, ni convencernos realmente. Pero no fue sino durante la inexistencia cuando nos vivimos en verdad, y no fue sino la prueba quien decretó nuestra muerte. Ver a la huella marcada en la luna desde cada rincón de nuestro mundo no logró mucho más que paralizar los viajes, que evitar su repetición en el tiempo, detener la carrera, callar las voces; el vernos en una foto nos borró las ganas, y no hay explicación alguna.

Al domingo en el que vuelvo a hablar de vos: Vuelvo a hablar de vos como hablo de un tatuaje, como hablo de las tintas que adornan mis pieles entre ellas mismas y mis venas, y hablo de vos como la marca de un tacto, como el brote en lo extinto, veo así al retrato, entiendo así a la tiniebla, y mirándote en mi brazo día a día acurrucada entre los signos retomo lo infinito del agobio, el perderme, aun asimilando al agobio y al perderme como actos naturales, tu signo en este arte me calma un poco las mareas. Y mi piel habla de vos, nuevamente.

¿Le será tatuaje a la luna nuestra huella, se la mirará como yo a mi brazo y a tu esencia?

 hay un cráter que tiene tu nombre, y me susurran algunas voces que es aquel el inundado, y aunque duela algo, es parte fundamental de la historia, de la identidad, del deseo constante de saber quién es constantemente aquel satélite. Se estanca el agua de otras formas por allá. y yo no sabré jamás a qué sabe aquella vida, si podría o no endulzar cafeses oscuros o amargar tardes de familias desencontradas. Solo sé que hay vida en tus aguas, que se nada en ellas, que se vive como si no hubiese un mañana y el cosmos no pudiese ir a espiarte. 

 

 

Arreglo primero; a cuando dije, inocentemente, que había muerto la poesía.

– y es que habría sido así toda la vida,

pero tu caminar,

tu pelo,

tus ojos,

tus peleas,

tus gritos,

tus quejas,

tus dolores,

tus idas,

tus vueltas,

tu quererme,

odiarme,

tu dudar,

el sol,

en tu cara,

mi reflejo,

en tus ojos,

el olor a vos,

tus temperaturas,

tu templado,

tu frío,

tu calor,

tus tiempos.

Y es que habría muerto la poesía;

pero vos.

Apartado diferencia, Sofía.

Somos nosotros, nosotros y no mucho más. Somos nosotros desde nuestro mundo mirando hacia algún mundo, y en los algunos mundos puede haber millones de cosas (llamémosle así) diferentes que conforman al mundo en sí, pero el mundo en sí, sólo se vuelve nuestro mundo para nosotros, todo lo demás es principalmente un decorado, un escenario en movimiento. Y me acuerdo que en las sucesivas interpretaciones que intercambiábamos en el viaje, ella tenía constantemente conflictos con lo que yo veía y viceversa, pero en el cruce, en la guerra, en el intercambio de formas y sensaciones vivíamos usualmente en una especie de calma; me terminó siendo muy curioso, que hoy desde donde esté(mos), todo no se me parezca mucho más que a una mentira, y es en la distancia, en el mundo general en el que hoy me encuentro, donde miro hacia aquel mundo nuestro y me parece en demasía maravilloso, incalculablemente más que cuando lo habitábamos entre canciones y poesías susurrándolas a ventanas, a vasos, o a escaleras de caracol en aquellos bares de madera y olor a cervezas, con maníes en el suelo, con manchas en las paredes y en los sillones, con la antipulcritud más pulcra que sólo puedo entender en el hoy, en el acá tan diferente, tan alejado a aquellos pasos. Y podré sentir algunas brisas de aquellos olores, pero el perfume, la esencia, no vive más que en lo probable. Deduje, y me gustaría contarte, que en el medio de las trincheras, donde los escombros no golpeaban y jamás callaba el fuego, se hallaba el verdadero mundo. Y que hubiese sido más rentable quedarnos escondidos en la agonía, y perdón por llamar así a la vida, escondidos ambos mirándonos de frente mientras nos comunicábamos por periodos, y todo lo demás vuelve a la mentira. Pero no pudimos, y convivir entre las balaceras se nos fue volviendo un baile hasta que pude ver desde tus ojos aquella fantasía de parar una bala con los dientes, con sentir la ira, el dolor, la sangre volando junto con tu dentadura mientras alguien te ve caer hacia el lado contrario al impacto. Y situar este punto conduce a otra trinchera, porque vos preferías parar las balas con la lengua mientras lamías los metales, y yo, preferiría haberme quedado escondido susurrándote al oído que todo estaba bien, y así, de alguna forma evitar tu muerte. Una trinchera al cuadrado, una trinchera que vivía gracias al entrecruce de nuestras diferencias, y la calidez de los abrazos, y los consejos, y los besos y las noches de amor incondicional se refugiaban en estos puntos ya inalcanzables. Bastaba sólo con haber coincidido, pero para coincidir alguno tiene que ceder, bastaba entonces con haber cedido ante lo que somos, para que el campo de batalla se hubiese desintegrado, y se hubiese transformado así en una larga pradera, y la sangre, transmutando en ríos que alimentarían tanta flora y fauna como para que la tierra pudiese estar tranquila, y las balas, y las chaquetas, y los rifles desarmándose en el suelo y tomando posiciones estratégicas de árboles imponentes, de flores, de rocas, y vos y yo entendiendo una paz aberrante, una paz mentira. La calma no sería más que un telar, y para el ojo costumbre seríamos ensueño, y nos miraríamos entre la envidia de tantos yendo hacia lo eterno, ¿quiénes seríamos, Sofía? ¿Quién sería esa que correría conmigo en el campo desarmando el desentendimiento, qué sería una conversación, un tacto, un beso?

Nos habríamos vuelto mundo, y no existiría nuestro. Me es más real el abandono, que aquella calma, la distancia, el no saber de vos, qué harás, a dónde dirigís tus pasos, que lo que hubiese sido aquella mentira que hoy nos mantendría unidos. Es ésta, entonces, la valentía más cuestionable, somos el heroísmo más simple, más asqueroso y olvidable.

P.D.

Sofía duerme, Sofía se levanta, camina hacia una punta de una habitación y me ignora, sabe que estoy pero no quiere notarlo, Sofía quiere a quien nos trajo café, le vive agradeciendo, lo abraza cuando se marcha. Y a mí me encuadra en un modelo apartado donde supone quererme con todas sus fuerzas, pero no lo siento, o por lo menos no lo siento constante. Sofía canta, Sofía canta para todos menos para mí, y si el vecino de camarote le pidiese una canción se la cantaría con gusto, y si no la sabe terminaría por aprenderla. El error es mío, el error es creer en mi mérito y el el pretender, y en el definir al amor, la maquinaría más absurda y brillante, como una forma única e incumplida. Sofía duerme, y Sofía se levanta; hablo en presente porque hoy sigo viendo sus formas, pero ya no duerme ni se levanta o por lo menos no cerca mío; haber interpretado, haber adecuado todo lo que era a mi interpretación, haber moldeado una vida a lo que yo pretendía que ella tendría que haber sido me supo siempre tan mundano, tan pobre e infeliz. En vez de disfrutar la risa hacia aquel vendedor yo sólo pensaba en que no estaba riendo por mi culpa.

Sobre lo que tengo que decir de este lado del mundo.

Busqué, en el fondo, caminé hacia aquella puerta que toda mi vida estuvo abierta, quise aquel lugar frío, oscuro y aislado donde curiosamente hallaba calidez, pero por primera vez, al girar el picaporte algo pudo frenarme; y al voltear, estabas vos.

¿Dónde voy a buscar mis angustias, mi dolor, la nutrición de todo mi arte? Si en las puertas de aquella habitación caótica donde siempre encontré respuestas ahora estabas vos, con una fuerza descomunal, con ganas de arrancar mi centro, de alejarme, de aquella oscuridad. Me empujaste de forma tan violenta que golpeé mi cabeza contra la pared, y fui, cayendo hacia alguna esquina que me alejo de todo aquel dolor.

Dónde hallaré la poesía, si ya en mi melancolía no puedo buscarla, dónde podré abstraerme, cuando el mundo me resulte injusto, cuál será mi refugio, a qué me expondré. Cómo aprenderé a vivir y a poetizar de este lado, en donde el calor es la norma, donde hay cientos de lámparas. Qué contaré ahora, si sólo supe tratar el caos, la dura e inequívoca verdad, qué contaré ahora cuando te miro de frente y tus manos borran mis pensares. Qué voy a tocar, si no puedo tocar mi fondo y en vez de eso toco tu espalda, tu cuello, tu frente, dónde podré llorar si ahora no tengo motivos. Qué van a ser mis lamentos, sino más que intentos y luchas contra mí mismo para en verdad lamentar. Quién ordenará esa pieza, qué hacés cuando entrás, cómo conocer este mundo.

Y en la puerta estabas vos,

y tuve,

que sacralizar cada momento,

cada instante,

y sentir,

tuve que amar,

que mirarte sin pensar en la falla,

que aprender a querer,

sin la irrisoria potencialidad,

aquella que en la pieza,

sólo hablaba de perderte.

Y tocar tu pelo, tu boca, tus labios y yemas, y saber que sos el guardián más absurdo, de una puerta, que jamás volverá a abrirse. Tendré que asimilar la despedida, la falta, de un mundo refugio donde me oculté de mí, curiosamente en mí también. Y que si te vas, la llave, siempre estará con vos y sabré vivir con ello.

A vos,

que me enseñaste de la vida,

cuando la vida estaba bien definida.

A vos,

que levantaste una guardia incansable,

tanto de la guardia,

como de mí.

A vos,

que sin darte cuenta,

destruiste por completo un mundo,

y arrancaste con eso,

la idea de una extinción,

y dejaste,

a la génesis pura.

A la vez que dormiste a la vida.

Te dormías, te dormías en cualquier parte. Y yo comencé a desesperar y a recaer en la egocéntrica idea que te dormías por culpa mía, porque yo te aburría y no hacía lo suficiente para mantenerte despierta.

Y mientras yo egocentraba, vos te dormías; y se fue sucediendo tantas veces esta fórmula.

Había apoderadome de aquella idea, me había consumido, habría afirmado a cualquiera que nos haya visto viajar por las capitales que vos te dormías por mis faltas, pero las capitales tenían un tinte diferente, las salas, los buses, los autos y los puentes, y las plazas y los teatros y los cines, y las esquinas de restaurantes y las avenidas y las bocinas y los aviones, en la ciudad vos te podías dormir por cualquier cosa de una interminable lista que yo siempre titulaba con mi nombre. Y no fue sino de la más cruel manera, que entendí, por qué dormías. Una vez arranqué un monólogo, un amigo viejo me invitó un café, y nunca supe si en verdad escuchó algo de todo lo que yo decía o cada tanto exclamaba por alguna noticia de aquel periódico que tenía entre manos, y que cada tanto, pasaba entre sus páginas luego de lamer su dedo índice para agilizar el proceso.

– Se durmió, de nuevo che, pero se durmió por primera vez en la tierra, abajo de un árbol, y de repente pensé que tendría frío, pero no pude ayudarla, estaba estancado al suelo, agarrado a un peso descomunal e imponente, entonces, me sacudí un poco y de mis manos comenzaron a caer un puñal de hojas otoñales que la acurrucaron, sonrío, se le soltó el pelo y comenzó a perderse entre la tierra, a ser raíces, a perderse y desencontrarse  mientras yo temía, ella se iba entumeciendo entre sonrisas y humedades, sus piernas se extendieron, marcaron un surco en el suelo, se fueron disolviendo y entreformándose en un río. De una parte echaba raíces, de la otra, se escurría y se iba yendo en un antagónico personaje; de un lado se estancaba, del otro corría; y yo la seguía mirando, y de pronto, de sus collares y aros cayeron piedras, de sus manos, sus uñas coloridas, se fueron formando las flores, y empezó, a exhalar un aire puro de cansancio, de cansancio de jardines y los más bellos olores, y ya no de ciudades y situaciones agobiantes, y juntó frente a su boca un conglomerado de diminutos animales, y comenzaron, a ingresar a su cuerpo uno tras otro. De alguna forma se moría, y yo no podía evitarlo. Contemplé, entonces, su muerte. Primero su agonía, su disolución en formas naturales y descomposiciones puras que no podrían aterrarme pero si adolerme lo suficiente, luego, un tibio y progresivo dejo del respirar, unos últimos movimientos del viento, una última melodía.

Levantó la cabeza, corrió el diario, me miró perplejo a los ojos y tomó un poco de agua. Y sin respuesta alguna, sin comentario, sin detalles, proseguí.

– Bajó en la próxima parada, y se fue perdiendo en aquellas calles oscuras que caminaba dormida. No bajó sola, yo bajé detrás, pero de alguna forma seguí sin poder moverme cada vez que ella estaba; y contemplé, una nueva muerte, una nueva agonía, mientras ella, sólo seguía y seguiría siempre durmiendo. Porque de su dormir, dependía, prácticamente un mundo nuevo.

Sobre la copa de la vida.

Sé, por primera vez en mucho tiempo, a dónde quiero ir, con quién, y de qué forma. Pero saber a dónde queremos y con quién queremos ir no conlleva negar que todo tendrá obstáculos. Supone, más bien, saber que los obstáculos van a estar ahí, y que a su vez ningún motivo va a ser suficiente como para lograr que dejemos de intentarlo. Y si partir, caminar, y recorrer, precisa tirar todo el equipaje, correremos desnudos por alguna pradera en donde el perfume de alguna planta distante me traerá una risa con tus nombres, con mi versión para ellos, con mis formas y mis intentos que ahora teñirán todo aquello que hable de nosotros injustamente. Beberás entonces, para evocarme, la copa queda para quien no quiso acompañar. Y un dulce veneno te irá matando lentamente.

Nota a la copa que me cambió la vida, que acaricié, casi en última instancia y reiteradas veces. Entonces, conocí otra mecánica, otra forma, otra modalidad, y me trasladé hasta aquella figura mía 10 años perdida en el tiempo, a aquella que no entendía de miedos, de errores o falsedades, y que vivía, por encima de las angustias como si sólo le fuesen un estanque en donde podría el navegar.