Sobre el primer desvelo de enero, Sofía.

Sofi, Sofi. – Acurrucada Sofía dormitaba, miraba el techo cada tanto en un entreabrir de sus pequeños ojos, y cada vez que sonaba algún trueno por sobre ese cielo ennegrecido volvía a quejarse instantáneamente. – Sofía. – insistí.

No tenía la suficiente fuerza como para rotar, mirarme a mis ojos (bastante más simplones que los suyos) y resumirse en esta noche. Entonces no había habla, no había palabra alguna, había ojos dolidos de un estanque vital. Había unos ojos duda, unos ojos que seguían buscando en todo aquello que demuestra nadas.

– Flameó, So, Flameó en la noche y comenzó a aletear dando círculos, como custodiando un tesoro, y el caballero lo observaba, lo medía lo entendía e iba a analizando.

De pronto el cielo de concreto por encima de Sofía comenzó a teñirse de colores, a dibujar dragones y flamas, pero no tesoros. Bastaba mirarla a los ojos para ver a la historia completa, bastaba posarse en ese instante de ilusiones para enamorarse algo de este mundo. Bastaba perder a Sofía, una vez más, para encontrarse.

Tácticamente era un suicidio, ¿pero exponerse al máximo por un tesoro descomunal podría voltear el panorama? Había detestado toda mi vida al sin valor, al antivalentismo, a quien preservaba sus posturas por encima de los todos y se quedaba contemplando a los peligros. Era la táctica infalible, morir con los brazos vacíos desde la tibieza de un refugió sin exponerse a dragón alguno. Pero quién iba a explicarle de táctica a un sinsentido, a un demente, a un herido y sus pobres armas desafiladas de tanta guerra perdida, ahora erguido, ya sin sueños, parado entre las praderas mirando de frente al fin. Y el fin que mira como dragones en sus abusos de soberbias, casi que cada chispazo era una mueca de desidia y humores entrelazados.

Tememos a la muerte por su caracter de libertad, tememos a las libertades por sobreexponernos, y cómo no temer a la muerte entonces, si es quien, a fin de cuentas, nos libra de esta vida.

¿Y si el dragón se ríe desde otra postura? Y no de la muerte, un dragón no se ríe solo de la muerte, y por dentro sufre, y matar al caballero embebido en su locura no le es siempre un placer. Sofía, el dragón sólo dragoneaba mientras clavaba en el pecho de aquel jóven sus dientes enrrojecidos. Matar al jóven nuevamente, pensaba, matar al jóven y exponer sus falencias, matar al jóven para endurecerlo, para enloquecerlo, para enseñarle. Porque tantas guerras había perdido de esta forma. Sin siquiera ver, que todo tesoro estaba en el palacio, y que el dragón sólo sembraba un caos de fantasías.

Sembrar el caos como principio natural, enfrentarlo como contraparte. Y que la costumbre de cielos oscuros lluviosos no nos envuelva, So, toda calma es un pasaje a otro desemboque bestial. Y a las bestias hay que enfrentarlas y no solo por su bestialidad, porque ésta última, depende también del heroísmo. Es tan cruel el miedo que le saca heroísmo al caballero y bestialidad al dragón en un mismo tiempo y lugar. No hay paz en ningún punto.

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Capítulo de cuero.

No cambié al amor de mi vida, ni por otro amor, ni por otra vida, sólo cambié el concepto del amor por otro, por uno nuevo, y ahí sola, haciendo uso y abuso de su libertad, me cambió la vida.

Una historia irrelevantemente hermosa, entró, en una mañana tranquila de aquellas en donde nadie ocupaba los bares, ni las calles, ni las avenidas, y yo me había reposado en una mesa justo cuando ella apareció en la puerta, habrá sido tal su presencia que la calle, la avenida y el bar, de pronto, rebalsaron, se estremecieron, se transformaron ante una mujer de algunos 40 años vestida algo atípica para lo usual. Sus botas de cuero en un periodo de calor, largas hasta las rodillas, sus jeans apretados azules como el mar, su camisa blanca algo abierta que dejaba ver un lunar en su pecho, y su sombrero, su precioso sombrero también de cuero que atraía todas las miradas. A las transformaciones del instante. Me le acerqué, a buscar una revista, me paré justo a su lado mientras decidía ella qué comprar, la miré como si no hubiese percibido antes a su amigo y le dije, que hermoso es, me encanta. Su cara se enrojeció, desplegó su sonrisa, un gracias, y me dijo que aquel sombrero tenía su historia triste. Y las historias tristes son largas y con vueltas, yo no disponía de mucho tiempo así que no la detuve. Fue precisa, fue puntual, determinante.

– éste, es el sombrero que usaba en el hospital, cuando el cáncer apareció por primera vez, y me daba vergüenza no tener pelo.

Entonces se me mezclaron conceptos y entre algunos de ellos inestables entendía por qué no tendría vergüenza alguna de vestir tan bello sombrero, y yo miraba su pelo, y estuve a punto de preguntarle si es que lo había vencido, le llegaba, no menos que hasta la mitad de su espalda y lo revoleaba con gusto.

– esto es una peluca, me encanta pero no es mío.

Agachó la cabeza, enfrió el aire, arrebató mis comentarios y fue congelando los tiempos todos juntos agolpados en ese pequeño tiempo interminable donde nadie sabría qué decir.

No tuve comentarios, se quedó esperando algo que yo nunca podría haber dicho, le agradeció a la cajera, tomó su bolsa, miró al suelo y comenzó a retirarse, justo al pasar a mi lado, yo que me encontraba a unos escasos 3 pasos, se detuvo y tocó mi hombro, me pidió si podría sostenerle la bolsa, acepté sin dudas, llevó sus manos a la cabeza, levantó algo aquel sombrero, levantó también la peluca, y una cabellera de algunos cuantos centímetros se dejó ver por debajo de aquella cobertura.

A la tarde más triste de mi vida.

Sonó el teléfono, no atendí todavía. Miré a los ojos y le dije rápidamente mientras tocaba el aparato con la mano izquierda.

– No, no es que no crea en el amor, todo lo contrario, estoy perdidamente inmerso en él. Insisto en que es la maquinaria más poderosa que construyó el hombre por sobre la vida, no existe, no te puedo dar ni podés ver amor, no tiene un reflejo de real. No existe ni acá, ni allá, ni en África, América o China, pero tanto en África, como en América o en China el amor habla de un mismo modo sin precisar de idiomas, acá o allá amar se va a sobreentender incluso entre dos limitados por el habla. Y que te mueras de amor, que te encierres en una pieza recostada en el lamento no es más que un desperfecto, es el amor, es la infección de él en nuestros cerebros, el motor de impulso más grande que puede existir. Trasciende razas, géneros, formas y hasta vidas, la vida sucumbe ante los que dejan de pensarla y a la vez se contenta con los que dejan de temer su despedida. Pero no hay nada, somos nosotros creyendo, me acuerdo que una vez te conté todo esto y me dijiste que era entonces el amor como dios, hablando sobre el acá y allá y que yo mencioné la parte en que tampoco éste se refleja en la vida, pero es universal, y es eso. El amor no es como dios, el amor es dios en toda su forma. Y no pierdo acá mi caracter agnostico ni voy a recaer en religiones. De todas formas, dioses y amores se recuestan en la inexistencia para ser un motor demencial, una trascendencia, una ventaja sobre la injusticia del vivir que siembra lo imparable desde adentro; cómo manejaríamos esas fuerzas entendiendo y aceptando que en realidad no hay más nada que nosotros.

Atendí disimulando un agite, un supuesto haber corrido hasta aquel dispositivo con ansias de saber qué me esperaba. Y en aquella voz entubada, en aquella tenue lucecita, irrumpí cualquier relato imaginable.

Hoy, en la tarde más triste de mi vida, Sofía había muerto.

Filosofía del prometer.

Promete, todo el tiempo un viaje que cruce el continente llegando hasta el fondo de todos y cada uno de los mejores paisajes de este mundo, y te tienta, con vocablos maravillosos y cientos de páginas que al final del día decantan en un sinsentido abismal. Si fuese tan valiente, cada palabra que menciona, no habría más guerra, no habría milicia capaz de abolir tal estructura, tal táctica, tal maravilla. En cambio, no deja de recaer constantemente en palabreríos, en promesas inútiles, en bordes de acantilados que le da miedo saltar. Y por una parte es entendible que no quiera saltar una persona cuerda de un acantilado, pero entonces, amiga mía, no prometas valentías que se te van completamente de las manos.

¿Y no habrá en su imposible, en su fantasía, todo aquello que no otorga este mundo a lo mortal? No será todo una proyección de lo que ella en verdad daría si le fuese posible, si no fuese presa de una bestia descomunal que anda custodiándola por todas partes y por ninguna a la vez. Cómo domar a la vida, cómo soltar las cadenas, cómo ser los trenes y los paisajes sin llegar a destiempos. Cómo no tentarme a prometer, que algún día, de todo esto podré obtener algo que en verdad me acaricie un poco. Porque serte sincera, no sería entonces más, que exponerme al desnudo de mis pieles resecas, de mis nadas sencillas, de mis lágrimas dulces que ni siquiera cumplen con el deber. Porque serte sincera, podría aburrirme tanto entre mediocridades de días grises, y ver pasar gentes por centros o mercados agolpadas en cosas que le prometen todo lo mismo que yo encuentro en la promesa. Prometerte, me es también consumo, me es también sistema, me es también encuentro con la mentira en un encanto conformista. Pero mi consumo es tan diferentemente nocivo. ¿Cómo poder amarme, si yo te mostrase mi cara oscura, y no te encandilara con todos aquellos surcos que expongo al sol para iluminar las noches, para guiar a los barcos, para curar a los perdidos? ¿Y si en vez de desencantarte nos vamos un poco? Y corremos por las vías brumosas recorriendo pasajes extraordinarios, y si nos vamos más allá en la promesa mientras cerramos los ojos, y si dejamos de buscar la crónica a cada día y plasmamos en la literatura fantástica las pruebas de haber acariciado mitologías espléndidas, y si conocemos dragones, y si le tememos a las quimeras. ¿No hay en mi negligencia, lo que todo este mundo condecora en amores? Y ahí, en el medio, sólo en ese medio dejo que te enamores.

Una amnesia de otro fin de año.

 Innegablemente, llegamos a un punto en el cual nos es indiferente el desde dónde veamos a la luna, tanto vos, como yo también, sabremos con certezas que en una de sus caras habrá y seguirá habiendo una huella profunda (tanto como irrefutable) de alguna pisada en el tiempo. Y es hoy, de esta forma y con las huellas incuestionables allá arriba, que se nos muestra innecesario un nuevo viaje, y vivimos conforme a esto sin cuestión alguna. Tenemos pruebas de lo que fuimos única y exclusivamente para que no nos sea necesario el ser nuevamente, el volver a ser en estas vidas.

 Es condición natural del fuego extinguirse si no es alimentado constantemente, y la magia se nos contagió de aquello viendo cuánto supimos arder; polvo luna, polvo ceniza, polvo por todas partes.

 y cuando me muero cerca de fin de año comienzo a sentir el frío, y no importan así los sofocones del verano ni los sudores constantes, tengo un frío gramatical de haberte tenido y ahora tener que conjugar en pasado.

¿Lloverá en la luna?

¿Se inundarán los cráteres, 

y gotearán las grutas, 

se empaparán los caminos de tierras blancas?

¿Cuánto durarán las huellas una vez que les llore el cielo encima?

¿Y no será un dios culpable de apagar todos los focos de nuestro incendio?

Un año atrás, una amnesia de fin de año me dijo susurrando, que sin habernos probado que alguna vez existimos, existíamos, como si no hubiese fotos de aquella llegada a la luna, de aquellas huellas de la historia, entonces no podríamos convencer, ni convencernos realmente. Pero no fue sino durante la inexistencia cuando nos vivimos en verdad, y no fue sino la prueba quien decretó nuestra muerte. Ver a la huella marcada en la luna desde cada rincón de nuestro mundo no logró mucho más que paralizar los viajes, que evitar su repetición en el tiempo, detener la carrera, callar las voces; el vernos en una foto nos borró las ganas, y no hay explicación alguna.

Al domingo en el que vuelvo a hablar de vos: Vuelvo a hablar de vos como hablo de un tatuaje, como hablo de las tintas que adornan mis pieles entre ellas mismas y mis venas, y hablo de vos como la marca de un tacto, como el brote en lo extinto, veo así al retrato, entiendo así a la tiniebla, y mirándote en mi brazo día a día acurrucada entre los signos retomo lo infinito del agobio, el perderme, aun asimilando al agobio y al perderme como actos naturales, tu signo en este arte me calma un poco las mareas. Y mi piel habla de vos, nuevamente.

¿Le será tatuaje a la luna nuestra huella, se la mirará como yo a mi brazo y a tu esencia?

 hay un cráter que tiene tu nombre, y me susurran algunas voces que es aquel el inundado, y aunque duela algo, es parte fundamental de la historia, de la identidad, del deseo constante de saber quién es constantemente aquel satélite. Se estanca el agua de otras formas por allá. y yo no sabré jamás a qué sabe aquella vida, si podría o no endulzar cafeses oscuros o amargar tardes de familias desencontradas. Solo sé que hay vida en tus aguas, que se nada en ellas, que se vive como si no hubiese un mañana y el cosmos no pudiese ir a espiarte. 

 

 

Arreglo primero; a cuando dije, inocentemente, que había muerto la poesía.

– y es que habría sido así toda la vida,

pero tu caminar,

tu pelo,

tus ojos,

tus peleas,

tus gritos,

tus quejas,

tus dolores,

tus idas,

tus vueltas,

tu quererme,

odiarme,

tu dudar,

el sol,

en tu cara,

mi reflejo,

en tus ojos,

el olor a vos,

tus temperaturas,

tu templado,

tu frío,

tu calor,

tus tiempos.

Y es que habría muerto la poesía;

pero vos.

Sobre lo que tengo que decir de este lado del mundo.

Busqué, en el fondo, caminé hacia aquella puerta que toda mi vida estuvo abierta, quise aquel lugar frío, oscuro y aislado donde curiosamente hallaba calidez, pero por primera vez, al girar el picaporte algo pudo frenarme; y al voltear, estabas vos.

¿Dónde voy a buscar mis angustias, mi dolor, la nutrición de todo mi arte? Si en las puertas de aquella habitación caótica donde siempre encontré respuestas ahora estabas vos, con una fuerza descomunal, con ganas de arrancar mi centro, de alejarme, de aquella oscuridad. Me empujaste de forma tan violenta que golpeé mi cabeza contra la pared, y fui, cayendo hacia alguna esquina que me alejo de todo aquel dolor.

Dónde hallaré la poesía, si ya en mi melancolía no puedo buscarla, dónde podré abstraerme, cuando el mundo me resulte injusto, cuál será mi refugio, a qué me expondré. Cómo aprenderé a vivir y a poetizar de este lado, en donde el calor es la norma, donde hay cientos de lámparas. Qué contaré ahora, si sólo supe tratar el caos, la dura e inequívoca verdad, qué contaré ahora cuando te miro de frente y tus manos borran mis pensares. Qué voy a tocar, si no puedo tocar mi fondo y en vez de eso toco tu espalda, tu cuello, tu frente, dónde podré llorar si ahora no tengo motivos. Qué van a ser mis lamentos, sino más que intentos y luchas contra mí mismo para en verdad lamentar. Quién ordenará esa pieza, qué hacés cuando entrás, cómo conocer este mundo.

Y en la puerta estabas vos,

y tuve,

que sacralizar cada momento,

cada instante,

y sentir,

tuve que amar,

que mirarte sin pensar en la falla,

que aprender a querer,

sin la irrisoria potencialidad,

aquella que en la pieza,

sólo hablaba de perderte.

Y tocar tu pelo, tu boca, tus labios y yemas, y saber que sos el guardián más absurdo, de una puerta, que jamás volverá a abrirse. Tendré que asimilar la despedida, la falta, de un mundo refugio donde me oculté de mí, curiosamente en mí también. Y que si te vas, la llave, siempre estará con vos y sabré vivir con ello.

A vos,

que me enseñaste de la vida,

cuando la vida estaba bien definida.

A vos,

que levantaste una guardia incansable,

tanto de la guardia,

como de mí.

A vos,

que sin darte cuenta,

destruiste por completo un mundo,

y arrancaste con eso,

la idea de una extinción,

y dejaste,

a la génesis pura.

A la única flor del valle.

Un tragaluz entre las nubes, de pronto las montañas y el valle sombrío se iluminaron un poco (y yo creí tontamente que todo habría sido causa de aquel pequeño rayo de sol, pero justo en aquel pasaje, habló ella).

Yo sé que una lluvia puede matarme, también lo puede la helada y el viento; quiero decir que aunque vivo entre montañas, algunos pequeños árboles y rocas me cuidan demasiado, he aquí, la única y más afortunada flor de todo el valle. 

Por más que se había presentado, yo ya la conocía desde hacía algunas cuantas estaciones, y había notado ya para estas alturas, que alguien había convencido a la flor de que realmente era originaria del valle, de este valle sombrío, y todo aquello, me preocupaba un poco. Para comentar el panorama, para que me entiendan y a ella la desentiendan un poco, una flor brillante, blanca como el más fino azúcar, de un perfume sagrado que desviaba de las migraciones a tantas aves en (des)sintonía, y bajaban, y se estancaban un tiempo lejos de sus rumbos, ahí entendíamos todos juntos que para continuar los caminos era necesario perderse un poco, pero más allá de ella, el valle.  Oscuro y ennegrecido, con arbustos pequeños y algunos pocos árboles que casualmente la rodeaban, un terreno bastante desprolijo, con verdes apagados y algunos surcos de aguas entre musgos y maderas podridas. Alguien había convencido a la única flor del valle, que ése era su único y original valle en verdad, y aunque jamás me lo dijo, pude entender de que ella misma se había convencido que realmente habría nacido en estos pagos, y que por deducción, todos y cada uno de los valles en donde pudo haber nacido serían no muy distintos a éstos. Es que es tan fácil convencer a las flores que no conocen otros valles, que todos son iguales a éste, o que incluso, este valle sombrío es acaso el mejor.

A veces, me siento triste; quisiera ser tan grande como las montañas, tan ágil como el río, tan fuerte como las rocas o tan importante como el viento, pero no, tengo que contentarme con ser la única y más delicada del valle. Y siento, incansablemente como la montaña se desvive en cubrirme, como el árbol ayuda a que me alimente y las rocas me ayudan a protegerme de todo caminante perdido. Todo el valle debe estar pendiente de mí, asumo, que tan perfecto en cualquier lugar del mundo debe tener un error. Y es el error quien mantiene el equilibrio. La luz que entra por el agujero, lo oscuro de las cavernas, el viento zumbante entre los picos, el silencio que solo irrumpe una gota en las grutas. Los animales muertos, los brotes renaciendo, la lluvia, la sequía, el frío de la cumbre, el calor de un nido. Todo el equilibrio que solo perturbo yo – y miró bajar a una gaviota que se dispuso a observarla, la miró de frente, y le dijo -, andate, por favor, no quiero que te pierdas por mí. 

Quíen habría sido el gracioso que pudo alejar la semilla, es que esta flor no era ni sería jamás del valle, y escucharla me desgarraba el alma, la flor pertenecía a un jardín del más bello vecindario, en donde, sus compañías serían tanto o más bellas que ella al fin, y no la harían creerse una molestia ni deberían cuidarla tanto de todo. No critico sus esfuerzos, es el instinto primero cuidar a la flor, pero sobreprotejerla la aleja tanto del mundo que termina volviendo el acto su peor castigo. Y yo la escucho hablar, lo sabés, pero por qué no irrumpo su relato cuando se anda presentando ante extranjeros. Temo decir, que fui el único irresponsable que hizo cuestionarse a la flor. No quise protegerla, la expuse, la hice chocar, le ataque sus conceptos principales y le pregunté tantas veces sobre cómo pudo haberse convencido. Que pude haberte querido como entendés tanto de los otros, Flor, pero preferí intentar liberarte y me muero, injustamente te diría, en este demente olvido.

Sobre un corazón entumecido.

Me agacho, sin doblar las rodillas, intento llegar al suelo y no lo consigo, me tira, me lastimo lentamente cada vez que lo intento y un dolor agobiante resulta en la parte trasera de mis piernas. Está tan cerca y lejos este suelo. Y sabés qué, se supone que hay soluciones, he llegado a apoyar mi palma entera sin dolor alguno, pero la falta de elongación va degradando todo y devolviendo la insuficiencia a su punto. Insisto diariamente o convivo con el dolor y la cercanía a un suelo sucio en donde quisiera reposar mis palmas. A veces pienso, si ese suelo no serás vos, una especie de pariente que se me acerca si insisto a diario, en donde a veces apoyé mis palmas y hoy me duele de sólo pensar en buscarlo. Tan cerca y lejos, a veces te apoyaste en mi espalda intentando ayudarme, pero no se trata de lo abrupto, se trata del tiempo, en lo abrupto sólo duele, y en el tiempo terminamos fantasiando. ¿Y si cuando pueda lograrlo vos ya no estás? Es decir, sos vos el suelo y yo la mano porque yo me estoy moviendo, pero vos siendo suelo también tenés tus movimientos, y a veces, haber dejado de llegar a tocarte es porque vos te fuiste alejando y no porque yo me haya entumecido. Quisiera tu mano en mi espalda, apoyada, empujando un poquito hacia tu otra forma que espera a la mía, vos empujando de atrás, vos también recibiendo debajo, siendo yo un elástico interconector entre tus voses, voses de vos, no de ortografías, y me gusta que me uses para llegar a tu otro extremo, me gusta que a través de mí quieras encontrarte. Porque si usarme despierta en vos tales intereses, encontrarte, desechame sin dudarlo una vez que lo hayas conseguido. Un descartable, un mero conducto, un ejercicio que elongará mi alma y corazones (el tuyo también es algo mío) y me despedazará bellamente en el trayecto.

Sobre una bestia al otro lado del muro.

Formaste un mounstruo, enorme, temible y con garras capaces de devorar todo a su paso. Y por las noches, tocás tus músicas melosas y pausadas creyendo en el fondo que son tu único artilugio eficaz contra sus pasos. Cerrás los ojos, y pensás así que del otro lado de la puerta un campo mágico se expande, y que tras él, la bestia se frena y se acurruca un poco desabesteciándose y llegando de alguna forma a una versión muy similar (y oculta) a la que alguna vez tuvo cuando no fue bestia en verdad. Quizás, tu música hace llorar al más cruel de los demonios. Y pasás las noches en vela esperando que no la supere, y no lo hará, tu única espera sin miedo a que se derriben los escudos es la música, pero no sabés del vivir sin andar esperando. A veces te preguntás, que de dónde habrá venido, quién trajo a la bestia a otro extremo del mundo, por qué me sigue, por qué a mí. Y comenzás a canturrear mensajes en clave entre tus letras, si es que se cumple tu gran idea de que oye concentrada tu música, y creés, en el fondo, que la bestia entiende todo este diálogo. Y mientras tantos otros quisieran hablarte y escuchar esas baladas vos solo te concentrás en aquel intercambio, que por un lado te consume, y por otro no te deja nada. Es el amor encarnado, es una entrega que pretende, pero no presiona, que se desgasta incansablemente creyendo convencer a un otro tan diferente, quizás volverlo un uno, quizás volverlo, quizás fallar en el intento. Y yo te miraba tantas veces desde esta ventana que daba a la de tu cuarto y a la de tu pasillo, y miraba, de un lado una joven cantando y tocando y rasgando cuerdas sin fin, y del otro, a un endemoniado de ojos azules que superaba inmensamente el espacio y se doblaba forzosamente contra el escudo. La bestia era de verdad, vos la sentías, yo la veía, y sé que si le sacase una foto en fin no vería nadie nada, porque ver a la bestia delimitaría su tamaño y podrías enfrentarte, no haber visto jamás a la bestia, la volvía tu musa. Y tantos papeles lancé a tu ventana, tantas piedritas, tantas ganas tuve alguna vez de escuchar aquellas canciones entendiéndolas mías. Entonces, fue la noche de la luna más grande que alguna vez apareció en nuestros pagos, la que decidí bajar y cruzar la calle, la que decidí trepar por aquella ventana, la que pude por primera vez escuchar que mientras cantabas llorabas brutalmente. Y quise, tibia e inocentemente, abrir tu ventana y entrar un poco. Pero un campo, un escudo, un golpe mágico y magnético me frenó, me acurrucó contra sus brazos y desarmó todas mis versiones en un mismo espacio. Sentí el frío más helado, el calor más abrasador, terminé deshumanizándome por completo y encontrando y  llegando de alguna forma a una versión muy similar (y oculta) a la que alguna vez tuve cuando no fui bestia en verdad. Y así supe, que en verdad, sólo tocabas tu música para ocultar que por las noches de luna llena, aún llorabas por mí.